Casi todos hemos sentido ese deseo del amor romántico: El anhelo de ser amado incondicionalmente. Pero este impulso no es más que la confusión de la entrega al amor, con dejarse caer en los brazo de alguien. El romanticismo parte de esa sensación de falta de plenitud, donde quisiéramos que el otro nos completara. Esta entrega es un dejarse caer ciegamente: no es un amor con respeto a uno mismo. Es un amor que no ve al otro tal como es, sino como una imagen ideal, que por ser romántica se vive con mucha intensidad. Aunque ya sabemos como acaban Romeo y Julieta: muriendo el uno por el otro, para entregar su propio ser, la totalidad de sí mismos. Como un niño separado de su madre que quiere sacrificarse en esa entrega, para así poder fundirse en el corazón del otro. Esta es lo que esconde generalmente, nuestra idea del amor incondicional.

Al confundir el amor de la pareja con el amor a nuestra madre, nos hacemos pequeños, y forzosamente ponemos al otro en un lugar que seguramente, también desde su propio desorden se verá impelido, a ponerse en el lugar de una madre o un padre.

No hay necesidad de estar constantemente en el adulto, con la gravedad de quien no saber jugar, o de no buscar el cuidado y el afecto que a veces necesitamos para suavizar y aligerar la herida de la infancia, o sencillamente, porque dentro de nosotros el niño pide algo de atención. Quizá en un momento de juego, quizá en un momento en el que nos sintamos algo vulnerables.

Lo importante en todo caso, es que el niño no se convierta en el demandante de la relación, donde nos acostumbrarnos a mantener un rol fijo, en el que incluso llegamos a llamarnos papi y mami, como si esto nos diera una cercanía mayor como pareja. Que es en la realidad la intimidad que de nuevo, buscamos con nuestros padres, y que seguramente no hemos sentido.

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