Mi abuela que estaba siempre barriendo, parecía un perro. Gruñía mientras recogía los juguetes abandonados debajo del sofá, y a regañadientes se los guardaba en los bolsillos: mis coches rojos, los muñecos rotos, sus dedales y los ovillos que yo había dejado olvidados después de jugar, y que tenía prohibidísimo coger.

Una mañana cargada de nubes, me quedé embobado mirando desde el ventanal, un caballo castaño sin anteojeras. Relinchaba suavemente. Me sorprendió su calma. Mi abuela me pidió acompañarla a comprar, y esta vez yo acepté encantado; quería acercarme a acariciar el caballo.

Pasábamos cerca mientras yo observaba obsesionado el contorno pleateado de sus ojos, y quise detenerme para acariciar su crin, pero mi abuela renegó con mucha vehemencia. Creo que al caballo le pareció que era el gruñido de un perro, porque soltó una coz a una velocidad espeluznante sobre el pecho de mi abuela. Pensé: tal vez esté muerta.

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