Vivo mi amor en círculos crecientes,
que se dibujan sobre las cosas.
Quizás no complete el último,
en el que realmente amo a todos,
pero lo quiero intentar.

Rainer Maria Rilke

crop circles analistas de ocio (1)La pretensión de un amor incondicional entre personas nos ha hecho muchísimo daño. Cuando  nos hemos desmembrado en una relación, y hemos pretendido que el amor fuera suficiente para seguir juntos. Porque hemos querido perdonar al otro y el otro ha querido perdonarnos a nosotros cuando la relación se había roto por completo, cuando tenía brechas insalvables o heridas irreparables para mantenernos en este tipo de relación. Y sobre todo, con este falso perdón nos hemos atribuido la arrogancia de disculpar al otro poniéndonos por encima, dejando inútil al que daña para asumir su propia responsabilidad y asumir una reparación para con la relación. De este modo, diculpamos el daño ingenuamente, sin buscar una compensación que permitiera sanar y restablacer el vínculo vulnerado.

Las relaciones no se sanan pasando por alto el daño que nos causamos. No podemos crecer en relaciones que no siguen el curso que conduce el caudal del amor. Cada relación de amor implica un Orden Sagrado.  Igual que no intentas que tu hijo se comporte como tu marido, o no obligas a que tus padres hagan lo que tu crees conveniente, no amas a tu pareja como si fuera un dios encarnado. No lo amas incondicionalmente como marido o como esposa, lo amas incondicionalemente como ser humano. En la relación de pareja, como en todas las demás, hay pactos tácitos y otros que están implícitos, que forman parte de nuestro inconsciente personal y colectivo. A veces romper estos pactos invisibles, sin saberlo quiebran nuestros vínculos afectivos en el orden de la relación que se ha establecido. Por ejemplo en la pareja, cuando decidimos abortar un hijo, o cuando no respetamos a los padres de nuestro compañero considerándonos mejores que ellos o consideramos a su familia peor que la nuestra.

No es lo mismo una relación de pareja que una relación entre padres e hijos. Incluso esta última que es la experiencia humana más cercana al amor incondicional tiene sus propios límites. ¿Quiere decir esto que los límites de las relaciones interpersonales destruyen la conciencia de unidad del amor espiritual? Claro que no. Que una forma de relación permanezca dentro de un Orden, o que una relación se acabe, no significa que nuestro corazón deba cerrarse al amor, pero eso es justamente lo que pasa cuando obligamos que el otro sea todo para nosotros, queriéndolo sin orden ni concierto. De ese modo, lo ponemos más arriba que nosotros y cuando nos inflige algún daño, ¡lo odiamos de un modo incondicional! El amor incondional nos ha traicionado! Dios nos engaña, la vida nos nos quiere. Y nuestra idea del amor, se convierte una desconfianza aciaga por los hombres, por las mujeres. Parece que el precio de amar conlleve algún tipo de castigo. El resentimiento por esa entrega ciega no tiene fin! Muchos creen que entregarse es dejarse caer. Abandonarse en los brazos de alguien y dejarse llevar, atribuyendo al amor romántico un poder divino que nos deja en una miseria inconmensurable, siendo pequeños ante el otro, amando como niños a personas que también en su carencia buscan a alguien que los desee sin medida. Y así la relación de igualdad que mantiene el amor de pareja fuerte, se debilita y se pervierte.

El amor incondicional es el amor espiritual, un amor que acepta a cada uno tal como es, tomando de cada relación todo a pesar de sus propias limitaciones y defectos. En la medida que cada forma de relación que llega a nuestra vida para mostrarnos este amor ilimitado por la Humanidad y la Creación se respeta y se considera el lugar que le corresponde, nuestro corazón y nuestra alma se reúnen con mayor facilidad. Nuestra conciencia amplia su alcance. El amor incondicional es para entregarlo aquello que es infinito, por ello el amor ilimitado entre personas se convierte en idolatría, en una búsqueda imposible, que esconde terribles carencias afectivas y emocionales. Por lo general, es una búsqueda oculta del amor de nuestros padres, que son la puerta indispensable que hay que atravesar para vislumbrar al amor espiritual.

 

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