Una imagen o pensamiento reprimido puede abrirse paso 

en la conciencia a condición de que se niegue.

Freud

Creo que la honestidad es suficiente. Honestidad significa sin embargo, reconocer mi deshonestidad. No hay un momento que seamos honestos. Sin una escucha libre de la noción de cualquier ganancia o intención, la honestidad se convierte en un autoengaño de transparencia.

Para esta honestidad fundamental, escucho mis mentiras y permito que emerjan hasta la superficie de la mente. Las nombro, las cuento. Hablo con ellas con mucho respeto porque son sagradas: me mantuvieron un tiempo en la vida, sosteniéndome por mi lado más débil:

Sí, gracias. Estuvisteis aquí conmigo acompañándome mientras yo no sabía mirar solo.  

Y les sonrío para que pierdan fuerza y se desaten de mi pensamiento, para que se sientan libres por haber realizado su función. Y así acepto también mis mentiras actuales con el afecto de la sinceridad, sin necesidad de justificación. Sin forzarme a arrancármelas de cuajo, como el que se cree inocente y combate con la verdad el pecado de la ilusión. En la honestidad hay un claro respeto por la mentira del otro, y la narrativa fantástica que mantiene el mundo girando.

Y sin ocultarme, me comunicaré consciente de mi deshonestidad, para darle una dirección en favor de la verdad. Si quiero encontrar el amor, debo dejar de esconderme de mi mismo. Porque no es cierto que podamos mentir a los demás y saber cual es la verdad.

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