Como Peter Pan uno ha de buscar su sombra para abandonar la idea infantil de ser buenos siempre, a toda costa; si no queremos ser eternos niños en el país de nunca jamás tenemos que coser nuestra sombra al relieve de su cuerpo. La integración de las zonas oscuras de nuestra psique es indispensable para alcanzar la plenitud de nuestra conciencia y nuestra energía. Las bajas pasiones contienen una fuerza inusitada que nos puede elevar a las profundas corrientes de la vida.

Cuando pretendemos el amor en una relación no queremos sin embargo, asumir la responsabilidad de ciertos deseos que hemos descubierto y encubierto en relaciones anteriores, lo cual nos ha llevado muchas veces a la ruptura, justamente por no querer aceptar la parte oscura del otro, de uno mismo y de la relación. Queremos vivir en esa la felicidad por negación. Igual pasa con todo en el mundo. Nuestros instintos más bajos están tan reprimidos, negados, pasados por alto, que cuando observamos que alguien se ha entregado esas oscuras pasiones, lo juzgamos vilmente como si en nosotros no hubiera mancha alguna del intinto asesino, ninguna traza de violencia, celos, deseos de manipular para poder poseer al otro, sueños de complacernos sexualmente de modos que, seguramente, no nos atrevemos a realizar para que nuestra pareja, nuestros amantes, tengan el mismo derecho a manifestar sus deseos inmorales. Únicamente podemos atravesarlos al mirarlos de frente. El miedo a nuestra propio inconsciente viene de aqui, el temor a ser personas imperfectas e inmorales. Pero sólo es amable lo imperfecto, y en el amor que es capaz de abrazar nuestra dualidad, es un amor amoral.

La sombra tiene una función. Nuestros deseos nacen de ella. El amor de la propia luz de nuestro ser. Confrontarlos nos convierte en seres inadaptados en nosotros mismos, en personas inmersas en una dualidad resistente, que separa lo que deseamos de lo que amamos. Los amantes de las parejas, nuestro trabajo de nuestra vocación, nuestra sexualidad del sexo, nuestra fantasía de nuestra realidad.

¿Qué pasaría si nos permitiéramos atravesarlos plenamente para ver que hay detrás? Somos esclavos de lo que rechazamos y libres de lo que aceptamos. Un deseo no es algo fortuito. ¿Por qué deseamos tener amantes? ¿A dónde nos llevan estas fantasías sexuales? ¿Cuáles son los límites que esconden toda la intensidad de nuestra energía sexual y creativa? Nada tiene que ver con entregarse ciegamente a los deseos para quedarse atrapados en ellos. Uno tiene que poder ir hablando de esto con tranquilidad con su pareja, con su amante. Ir liberándose del miedo a que el otro nos rechace por nuestros deseos, que pueda reconocer los nuestros permitirá aceptar los suyos. Deshacernos de acuerdos imposibles, pactos ocultos que un día no podremos cumplir o nos llevaraán al resentimiento de la relación.

Abre lentamente y con respeto tu Caja de Pandora. Mira que guarda en su interior dejándote llenar por el miedo y la culpa poco a poco, según puedas sostener. Conforme puedas, exprésalos a tu pareja. Al fin y al cabo es con quien quieres compartir tu mayor intimidad, y ésta no existe sin tus pasiones más sombrías. Recuerda que no se trata de alimentar tus fantasías, se trata de utilizar la energía contenida. Algunos de estos deseos se desvanecerán progresivamente al compartirlos, al realizarlos en la propia relación. Otros buscarán en ti una puerta de salida, que harán emerger un torrente de energía estancada. Reconcíliate con tu oscuro pasajero. Elige la forma en redirigir la consumación de cada acto pasional en un acto simbólico, en un acto psicomágico.

Tienes que poder follar con tu pareja para que hacerle el amor tenga fuerza. Si deja de ser tu amante, el deseo será extinguiendo poco a poco hasta que tu pareja sea alguien que sólo ames. El deseo es intensidad, el amor profundidad. Comienza con uno, sigue con el otro. Fúndelos. La sombra nos muestra la intensidad y la profundidad de nuestro anhelo por la luz. Donde el deseo y el amor se encuentran.

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LA SOMBRA Y SU INTEGRACIÓN PSICOLÓGICA

En el proceso de individuación de la psicología de Carl Gustav Jung se tiende hacia el centro superior de la psique, es decir, al Sí-Mismo, y para ello el Yo, nuestra conciencia o consciencia, va ampliando su autoconocimiento e integrando los diversos arquetipos que configurarán su personalidad total.

El primer arquetipo que debe ser integrado es lo que Jung denominó con el nombre de sombra. Esto supone comenzar conscientemente el proceso de individuación reconociendo y vivenciando los contenidos de nuestro inconsciente personal. Percibir la sombra es como mirarse en un espejo que nos muestra los recovecos de nuestro inconsciente personal, y, por lo tanto, aceptar la sombra es aceptar el “ser inferior” que habita en nuestro interior.

La sombra que todavía no ha sido integrada en la conciencia origina multitud de proyecciones. La sombra proyectada es la causante de la gran mayoría de los actos cotidianos en los que la intercomunicación es obstruida por “ruidos” psíquicos. Acusamos a los demás de defectos que anidan en nuestro interior y que no nos gusta reconocerlos como tales:

“Cuando un individuo hace un intento para ver su sombra, se da cuenta (y a veces se avergüenza) de cualidades e impulsos que niega en sí mismo, pero que puede ver claramente en otras personas, cosas tales como egotismo, pereza mental y sensiblería; fantasías, planes e intrigas irreales; negligencia y cobardía; apetíto desordenado de dinero y posesiones…” (1).

La sombra, además de este tipo de omisiones presenta también una faceta que se manifiesta en actos reflejos impulsivos (2):

“Antes de que se tenga tiempo de pensarlo, el comentario avieso estalla, surge el plan, se realiza la dicisión errónea, y nos enfrentamos con resultados que jamás pretendimos o deseamos conscientemente”.

La sombra impulsa al ser humano al contagio colectivo”, a la psicología de masas y a las actuaciones del hombre-masa (3):

“Cuando un hombre está sólo, por ejemplo, se siente relativamente bien; pero tan pronto como “los otros” hacen cosas oscuras, primitivas, comienza a temer que si no se une a ellos le considerarán tonto. Así es que deja paso a impulsos que, realmente, no le pertenecen. Es particularmente en contacto con la gente del mismo sexo cuando una persona se tambalea entre su propia sombra y la de los demás. Aunque si vemos la sombra en una persona del sexo opuesto, generalmente nos molesta mucho menos y estamos más dispuestos a perdonar”.

La sombra se personifica, por tanto, en personas del mismo sexo, tanto en sueños como en los mitos y manifestaciones artísticas. Suele personificarse como una persona primitiva inferior, “como alguien que tiene cualidades desagradables o que nos molesta” (4).

La sombra es también la causante de muchísimos conflictos políticos, sociales y religiosos; la agitación política por ejemplo, está llena de proyecciones de la sombra en el enemigo o el traidor (5):

“La agitación política en todos los países está llena de proyecciones, en gran parte parecidas a las cotilleos de vecindad entre grupos pequeños e individuos. Las proyecciones de todo tipo oscurecen nuestra visión respecto al prójimo, destruyen su objetividad, y de ese modo destruyen también toda posibilidad de auténticas relaciones humanas”.

La represión que nuestra “función superior” (la función psicológica más imperante en nuestro Yo consciente de las cuatro posibles: intuir, pensar, sentir y percibir) y nuestra tipología psicológica (introvertido o extravertido) lleva a cabo con todo aquello que no se ajusta a ellas origina un incremento de energía psíquica en la sombra, con lo cual ésta se torna más negativa. La misión de ser humano es integrar este “hermano oscuro” y dejar de creer que somos mejores que los demás, siendo conveniente no intentar reprimir totalmente la sombra.

La sombra personifica al inconsciente personal pero también es una componente arquetípica ya que todos los seres humanos portan consigo una sombra, un “aspecto sombrío” que actua mediante la proyección de contenidos del inconsciente personal. Estas proyecciones conforman un comportamiento arquetípico que configura a la sombra como un fenómeno colectivo. Además la sombra, como arquetipo, se encuentra vinculada al mal; por ello, el aspecto colectivo de la sombra ha sido personificado en las figuras de los demonios, brujas y brujos, Satán, Mefistófeles, cábiros, faunos, etc.

Pero la sombra es algo consustancial al individuo, ya que la propia naturaleza del mundo implica que exista luz y exista oscuridad. La fuerza de la sombra no sólo actúa negativamente sino también positivamente (6):

“La sombra no sólo consiste en tendencias moralmente desechable sino que muestra también una serie de cualidades buenas, a saber: instintos normales, reacciones adecuadas, percepciones fieles a la realidad, impulsos creadores, etc”.

Por ello, la integración de la sombra es un auténtico conflicto moral pues la confrontación con la sombra supone tener “conciencia crítica despiadada del propio ser” (7):

“Que la sombra se convierta en nuestro amigo o en nuestro enemigo depende en gran parte de nosotros mismos… La sombra no es siempre, y necesariamente, un contrincante. De hecho es exactamente igual a cualquier ser humano con el cual tenemos que entendernos, a veces cediendo, a veces resistiendo, a veces mostrando amor, según lo requiera la situación. La sombra se hace hostil sólo cuando es desdeñada o mal comprendida ” (8).

“Si la figura de la sombra contiene valiosas fuerzas, y fuerzas vitales, tienen que ser asimiladas a experiencias efectivas y no reprimidas. Corresponde al Yo renunciar a su orgullo y fatuidad y vivir conforme a algo que parece oscuro, pero que, en realidad, puede no serlo. Esto ha de requerir un sacrificio tan heroico como la conquista de la pasión pero en sentido opuesto” (9).

El conflicto surge debido a que, en principio, ignora el Yo si un impulso de la sombra es positivo o negativo. Este es uno de los problemas más conflictivos del proceso de individuación en esta primera fase del camino de la integración de los arquetipos y de la búsqueda del Sí-Mismo. “El reconocimiento de la sombra predispone a la modestia y hasta al temor a la esencia insondable del ser humano” (10). Con el reconocimiento de la nombra el individuo comienza, consecuentemente, a relacionarse con los demás de otra forma (11):

“Todavía hoy debemos tener sumo cuidado para no proyectar nuestra propia sombra de un modo harto vergonzoso, y estamos como inundados por ilusiones proyectadas. Al representarse a una persona suficientemente valiente como para desprenderse por entero de toda proyección piénsase en un individuo consciente de poseer una sombra considerable. Tal hombre se ha cargado de nuevos problemas y conflictos; se ha convertido en tarea seria para sí mismo, dado que no puede decir ya que son los otros quienes hacen tal o cual cosa, ni que son ellos los culpables, y que hay que combatirlos. Vive en la “casa del autoconocimiento, de la concentración íntima. Sea cual fuera la cosa que ande mal en el mundo,este hombre sabe que igual ocurre también dentro de él mismo y si aprende solo a “componérselas” con su sombra habrá hecho en verdad algo para el mundo. Habrá logrado entonces dar respuesta a una ínfima parte, al menos, de los enormes problemas que se plantean en el presente, buena parte de los cuales oponen tantas dificultades en razón de hallarse como envenenados por las mutuas proyecciones. ¿Y podrá ver claramente quien no se ve a sí mismo ni aquellas oscuridades que, inconscientemente, está transfiriendo en todas sus acciones?

La cita es larga pero sustancial. Se precisa una decisión moral considerable para confrontarse, reconocerse, admitir e integrar a la sombra con el Yo. El mismo Jung advierte que “vivir consigo mismo requiere una serie de virtudes cristianas que cada uno debe aplicar a la propia persona, o sea, paciencia, amor, fe, esperanza y humildad” (12). La tolerancia es, pues, una virtud que primero debe aplicarse uno consigo mismo y después con los demás.

Por todo lo comentado se deduce que el encuentro con la sombra coincide en muchas personas con la concienciación del tipo de función pricológica y actitud tipológica al que pertenece ya que las funciones indiferenciadas y la actitud psicológica reprimida conforman parte de nuestra.sombra. Su desarrollo, por tanto, va ligado al Yo y actua de forma complementaria o compensatoria con respecto a la conciencia mientras no se es consciente de dicha sombra (13).

http://www.jungba.com.ar/editorial/body_texto_editorial01.asp

1 comentario
  1. El articulo realmente presenta la realidad que abraza las relaciones interpersonales. Llama sombra a lo que otros llamamos guiones patológicos, que si no se conscientizan, como mecanismos que orientan la interacción personal, comprometen la calidad de relación que se pueda establecer, ya que la conciencia de los propios mecanismos, responsabiliza a cada quien de lo propio, sin ptoyectar en otros la propia condición tóxicas que usa para hacer contacto y relacionarse. Muy bueno el artículo.

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